En este proyecto, Alejandro investiga el lugar que ocupan las imágenes en la experiencia contemporánea, entendiendo la fotografía no solo como un medio de representación, sino como una acción consciente y cargada de intención. Frente a la sobreproducción actual de imágenes e información, la obra plantea un desafío: detener la mirada para recuperar una relación más profunda con lo visible. En este contexto, emerge el deseo de reconectar con lo sagrado y la belleza, dimensiones vagamente olvidadas que se manifiestan a través de los rituales que configuran nuestra realidad cotidiana.
Las fotografías que conforman esta serie dan cuenta de las múltiples formas en que la existencia se expresa, articulándose como un entramado de acciones, intervenciones y gestos que buscan otorgar cohesión y sentido a la experiencia humana.
A través del uso de la simbología, las imágenes generan experiencias estéticas de carácter transformador, capaces de activar nuevas lecturas del entorno. Así, el espacio ordinario se resignifica como extraordinario, poniendo en juego el cuerpo, la emoción y la imaginación como lenguajes sensibles.
A través del uso de la simbología, las imágenes generan experiencias estéticas de carácter transformador, capaces de activar nuevas lecturas del entorno. Así, el espacio ordinario se resignifica como extraordinario, poniendo en juego el cuerpo, la emoción y la imaginación como lenguajes sensibles.
El artista recurre al ensayo visual como herramienta de investigación, estableciendo paralelismos entre la figura del artista y el arquetipo del alquimista. En esta relación, el acto de fotografiar se concibe como un ejercicio de observación atenta y presencia plena. El alquimista, entendido como parte indisociable de la naturaleza, opera desde una conciencia de unidad con el todo.
En este estado de atención, la mente se aquieta y se abre a la percepción de las fuerzas latentes que habitan la escena. La imagen resultante no solo registra lo visible, sino que actúa como un vehículo de transmisión: las energías contenidas en el instante capturado se desplazan hacia la psique del espectador como mensajes sutiles, estableciendo un diálogo íntimo con la experiencia vital.
La exposición plantea una convivencia visual. Un diálogo entre las piezas donde el propio espectador se convierte en el eje clave que da sentido a la propuesta. Su distribución provoca diálogos y fricciones entre los diferentes elementos, generando bucles visuales, manteniéndolas encendidas y vivas. Se define así una intención estimulante para nuestros sentidos, ampliando su percepción más allá de la imagen bidimensional.
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Los soportes de acero conforman los limites que encierran estas energías, permitiendo a su vez que se emulsionen.
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El recorrido por la sala sugiere un viaje iniciático, introspectivo, y alquímico mediante el cuál el observador transita la realidad visual sugerida por el artista y trascendiende el umbral que separa la realidad física de la metafísica. En este camino, el inconsciente trata de encontrarse con la belleza, aunque esta yace eterna bajo su propio velo.
La metodología de fotografiar y observar lleva a la mente a un estado de quietud frente a la escena, generándose un silencio imperante y coexistiendo con el momento presente. Percibimos así cómo estas fuerzas asaltan nuestro sistema nervioso en forma de mensajes subliminales que nos conectan con la propia vida.
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En este estado de atención, la mente se aquieta y se abre a la percepción de las fuerzas latentes que habitan la escena. La imagen resultante no solo registra lo visible, sino que actúa como un vehículo de transmisión: las energías contenidas en el instante capturado se desplazan hacia la psique del espectador como mensajes sutiles, estableciendo un diálogo íntimo con la experiencia vital.
La exposición plantea una convivencia visual. Un diálogo entre las piezas donde el propio espectador se convierte en el eje clave que da sentido a la propuesta. Su distribución provoca diálogos y fricciones entre los diferentes elementos, generando bucles visuales, manteniéndolas encendidas y vivas. Se define así una intención estimulante para nuestros sentidos, ampliando su percepción más allá de la imagen bidimensional.

Los soportes de acero conforman los limites que encierran estas energías, permitiendo a su vez que se emulsionen.

El recorrido por la sala sugiere un viaje iniciático, introspectivo, y alquímico mediante el cuál el observador transita la realidad visual sugerida por el artista y trascendiende el umbral que separa la realidad física de la metafísica. En este camino, el inconsciente trata de encontrarse con la belleza, aunque esta yace eterna bajo su propio velo.
La metodología de fotografiar y observar lleva a la mente a un estado de quietud frente a la escena, generándose un silencio imperante y coexistiendo con el momento presente. Percibimos así cómo estas fuerzas asaltan nuestro sistema nervioso en forma de mensajes subliminales que nos conectan con la propia vida.
